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  La Fusión Fría vuelve de entre los muertos  
     
  El Ministerio de Energía de los EE.UU. escuchará a los verdaderos creyentes en la materia.
Traducido de 'Cold Fusion Back From the Dead', (c) 2004 IEEE. Este artículo fue publicado por primera vez en la edición de Agosto del 2004 de IEEE Spectrum.
 
  Este trabajo ha sido traducido por Miguel Artime.  
  Fecha de publicación del original: 31-Agosto-2004.  
  Fuente: http://www.astroseti.org/vernew.php?codigo=601  
     
 

A finales de este mes, el Ministerio de Energía de los Estados Unidos (DOE) recibirá un informe de un grupo de expertos, acerca de las perspectivas en fusión fría – la supuesta generación de energía termonuclear mediante el uso de aparatos que quepan sobre una mesa. Se trata de un extraordinario reverso de la fortuna: más de una cabeza se giró cuando James Decker, subdirector de la Oficina de Ciencia del DOE, anunciaba el inicio de las revisiones científicas acerca de la fusión fría. Allá por noviembre de 1989, una investigación efectuada por el propio Ministerio fue la causante de que se determinasen como poco convincentes todas las evidencias relacionadas con la fusión fría. Esta claro que algo importante ha debido de suceder para que ahora este asunto merezca la atención de las autoridades.

La historia de la fusión fría comienza con la (ahora considerada infame) conferencia de prensa de marzo de 1989. En aquella ocasión, Stanley Pons y Martin Fleischmann, ambos electroquímicos de la Universidad de Utah en Salt Lake City, anunciaron el logro del proceso de fusión mediante el empleo de una batería conectada a electrodos de paladio sumergidos en un baño de agua, en la cual, el hidrógeno era reemplazado por su isótopo el deuterio (también conocida como agua pesada). Con este anuncio llegó la idea de que la fusión de sobremesa podría producir energía barata, limpia y más o menos ilimitada.

Según el punto de vista tradicional de los físicos sobre la fusión, forzar dos núcleos de deuterio próximos a juntarse en un grado tal que les permita fusionarse, requiere temperaturas de decenas de millones de grados Celsius. El anuncio de que esto podría hacerse a temperatura ambiente usando un par de electrodos conectados a una batería hizo aumentar la credulidad. [Ver foto "¿Demasiado bueno para ser cierto?"].

Pero mientras algunos científicos informaban que habían sido capaces de reproducir el resultado esporádicamente, muchos otros enviaban informes con resultados negativos. Y la fusión fría fue enseguida estigmatizada como “ciencia basura”.

La opinión general, hoy en día, es que los defensores de la fusión fría no son mejores que los vendedores de aceite de serpiente y amuletos de la suerte. Los críticos dicen que las afirmaciones acerca de la fusión fría necesitan verse respaldadas con evidencias excepcionalmente fuertes, y que tales pruebas simplemente no se han materializado. “En mi opinión, nada ha cambiado como para hacer de la fusión fría algo merecedor de un segundo de mi tiempo,” comenta Steven Koonin, miembro del grupo de expertos que evaluó para el DOE la fusión fría allá en 1989, y que ahora es jefe científico en BP, la compañía energética con sede en Londres.

Debido a este tipo de actitudes, la ciencia ha ignorado el fenómeno durante 15 años. Pero un pequeño grupo de dedicados investigadores ha continuado con su estudio. Según ellos, el cambio de actitud del DOE ha sido un paso crucial encaminado al retorno de la fusión fría a la escena científica. Entre bastidores, científicos de muchos países, pero particularmente estadounidenses, japoneses e italianos, han seguido trabajando en silencio durante más de una década para comprender la ciencia que hay detrás de la fusión fría. (Hoy en día la llaman “reacciones nucleares de baja energía” o, algunas veces, “reacciones nucleares asistidas químicamente”). Para ellos el cambio experimentado por el DOE es simplemente un reconocimiento a la postura que llevan largo tiempo manteniendo: sea lo que sea la fusión fría, necesita ser explicada mediante procesos científicos apropiados.

La primera insinuación del probable cambio de marea llegó en febrero del 2002, cuando la Armada estadounidense reveló que sus investigadores habían estado estudiando en secreto la fusión fría, con más o menos continuidad, desde que se inició la debacle. Gran parte de este trabajo se efectuó en el Centro de Sistemas de Guerra Espacial y Naval de San Diego, donde la idea de generar energía partiendo del agua marina – una gran fuente de agua pesada – debió parecer más cautivadora que en otros laboratorios.

Varios investigadores del centro habían trabajado con Fleischmann, un respetado electroquímico, y encontraron difícil aceptar que se hubiese equivocado por completo. Es más, la Armada promovió una especie de cultura de amor al riesgo y dispuso pequeñas cantidades de fondos para que los investigadores persiguiesen sus propios intereses.

En San Diego, y en otros centros, los científicos hicieron acopio de un impresionante cuerpo de evidencias en el sentido de que algo extraño sucedía cuando una corriente atravesaba electrodos de paladio sumergidos en agua pesada.

Y en 2002, unos cuantos científicos de la Armada pensaron que había llegado el momento de arrojar el guante en desafío. Un informe en dos volúmenes titulado “Aspectos térmicos y nucleares del sistema Pd/D2O”, incluía una solicitud de mayores fondos por parte de Frank Gordon, jefe de navegación y ciencias aplicadas del centro de la Armada. “Ya es hora de investigar este fenómenos de modo que podamos obtener beneficios del saber acumulado por los científicos. Ya es hora de que las agencias de financiación del gobierno inviertan en esta investigación”, escribió. El informe llegó al DOE pero parece que causó poco impacto.

Entonces, a finales de agosto, en un pequeño hotel cercano al Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT), situado en Cambridge, alrededor de 150 ingenieros y científicos se reunieron con motivo de la Décima Conferencia Internacional sobre Fusión Fría. Los asistentes a la conferencia estaban atónitos por el modo cuidadoso en que se expresaban ahora varios investigadores, anteriormente muy críticos. A lo largo de los años, unos cuantos grupos repartidos por todo el mundo habían reproducido el experimento original de Pons-Fleischmann sobre el efecto del exceso calórico, consiguiendo algunas veces incluso el 250% de la energía empleada durante el proceso.

Para estar seguros de que la fusión está teniendo lugar, el exceso de energía por si mismo no basta. Los críticos enfatizan rápidamente que, además de energía, la fusión de núcleos de deuterio debería generar otros subproductos, tales como el helio y el isótopo de hidrógeno conocido como tritio. Las evidencias de estos subproductos han sido escasas, aunque Antonella de Ninno y sus colegas de la Agencia Nacional Italiana para las Nuevas Tecnologías, Energía y Medioambiente, en Roma, han encontrado fuertes evidencias de la generación de helio mientras las cédulas de paladio producen el exceso calórico, no así en otras circunstancias.

Otros investigadores están finalmente empezando a explicar por qué el efecto Pons-Fleischmann es difícil de reproducir. Mike McKubre del Instituto Internacional de Investigación de Stanford (SRI International), en Menlo Park (California), un respetado investigador con gran influencia entre aquellos que siguen la fusión fría, cree que el efecto puede observarse con cierta fiabilidad una vez que los electrodos de paladio están rodeados de deuterio en porcentajes del 100% - un átomo de deuterio por cada átomo de paladio. Su trabajo demuestra que cuando el porcentaje baja apenas 10 puntos, hasta el 90%, solo dos de cada 12 experimentos producen un exceso calórico, mientras que todos los efectuados a un 100% de deuterio generan el exceso térmico.

Y los científicos están logrando una mayor comprensión de la exactitud con que ocurre el efecto. Stanislaw Szpak y sus colegas del Mando del Centro de Sistemas de Guerra Espacial y Naval han tomado vídeos con imágenes infrarrojas de los electrodos de paladio durante el proceso del exceso energético. Parece ser que el calor no se produce continuamente a lo largo de todo el electrodo, sino únicamente en ciertos puntos calientes que irrumpen y después mueren sobre la superficie del electrodo. Este mismo equipo ha evidenciado también la presencia de curiosas mini-explosiones sobre la superficie.

Fleischmann, que aún sigue relacionado con la fusión fría como asesor de cierto número de grupos, se siente justificado. En la conferencia comentó: “Por ello creo que el trabajo que se ha llevado a cabo demuestra ampliamente la existencia de un nuevo campo de investigación, tremendamente variado, que pide a gritos ser explorado”. (Pons ya no sigue implicado en este campo, tras haber cambiado de especialidad una vez que el laboratorio en el que trabajaba en el sur de Francia cesara sus operaciones).

Para Peter Hagelstein, un ingeniero electrónico del MIT, teórico de la fusión fría y que fue moderador en la conferencia de agosto del 2003, la calidad de los documentos es tremendamente significativa. “Es obvio que suceden ciertos efectos”, comenta. Hagelstein, con dos de sus colegas, cree que los resultados son tan evidentes que merecen la atención del DOE, y de hecho les permitió (a finales del año pasado) asegurarse una reunión con Decker en el Ministerio.

Fue una reunión que saldó drásticamente la deuda. La revisión dará a los investigadores de la fusión fría la oportunidad – quizás la última – de demostrar su valía. El Ministerio tiene aún que decidir qué se va a hacer y quién va a hacerlo. No hay garantías de financiación o apoyo futuro. Pero para una disciplina cuyo nombre es sinónimo de ciencia basura, la revisión por parte del DOE es una gran oportunidad.

 
     
     
 

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